La Faceta sombría de Manizales | Parte II

3 noviembre, 2017 by Erika Pinilla Montes

¿Se imagina que en un bar un duende lo encierre en el baño, o que mientras hace un trabajo de la universidad el monitor de su computador explote supuestamente por la posesión de un ente? Esas cosas les ocurrieron a personas de la ciudad, aquí le contamos sus experiencias.

Fotografías por Lania Lex

Ilustraciones por Sebastián Serna Muñoz

El espanto en Silmaril

Desde que Silmaril Café Rock existe (2006), hay objetos que se pierden así se busquen cientos de veces. Algunos aparecen un año después en el mismo sitio en el que fueron dejados, un ejemplo es el anillo del juego El Señor de los Anillos, el cual se perdió y tras enojos y búsquedas incansables apareció doce meses después dentro de la caja del pasatiempo. De igual forma pasó con las gafas del dueño del bar, Jose Manuel Varela, más conocido como Jota, o J.

Las meseras del lugar son víctimas frecuentes. A varias les ha pasado que “el duende”, como lo llaman, las deja encerradas en el baño; al finalizar la jornada se encuentran solas en la cocina y las agarran de la cintura, o peor aún, a una chica en una ocasión le cayó ceniza de cigarrillo aún caliente en el hombro. El bar estaba solo, se subieron al techo a mirar si había alguien o si había una abertura donde alguien pudiese haber tirado el desecho, pero todo estaba desolado.

Adalberto Agudelo, uno de los fundadores del bar, fue testigo de múltiples acciones misteriosas, y comentó que una psíquica les dijo que se trataba de un chico, por lo que una amiga sugirió dejar juguetes sencillos a su alcance. Adalberto escribió lo siguiente en un escrito llamado No puedes olvidar: “Un día alguien llevó una pelotita de plástico azul con líneas blancas, y en la noche al cerrar, simplemente la lanzamos por el pasillo, a ver qué sucedía. Tras cerrar con llave ese problemático portón doble, íbamos bajando las escaleras hacia la calle fría en la madrugada y sonó un golpecito en la ventana. Yo no alcancé a ver, pero alguien más dijo haber visto la pelota azul golpeando en el vidrio”.

Después de esta medida los objetos se perdieron menos y se redujeron los encierros en el baño. Sin embargo, cuando olvidan dejarle la pelota, el bar puede amanecer con puertas y ventanas abiertas de par en par, así se haya cerrado con seguro la noche anterior. Este chico tiene preferencias con las personas, describió Adalberto en su relato, una vez no le cayó muy bien uno de sus amigos y lo golpeó con la puerta. Por supuesto, el hombre nunca volvió a Silmaril.

Un día, después de ver cómo se movieron unas mesas en la soledad del bar, Adalberto sintió una respiración suave a su lado donde aparentemente no había nadie. Volteó a mirar y desde la entrada de la oficina, con ojos furiosos y completamente negros lo miraba un niño. “Estaba vestido todo de blanco y lo vi tan real como veo el teclado con el que escribo ahora. Tan real como usted ve la pantalla del dispositivo en el que lee o la persona a la que acaba de saludar”, redactó. Dio la vuelta y con dos pasos se metió en la pared, Adalberto se quedó mirando el lugar desde el que ese niño furioso lo había mirado con aterradora fijeza. Pasó hace varios años, pero aún se estremece cuando rememora esa mirada negra, la respiración agitada del fantasma y las palabras que sus labios grises formaron: “Nos veremos”.

Los universitarios atormentados 

En el 2012, Manuel Alzate, en ese entonces estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de Manizales, realizaba junto a su equipo de trabajo un producto audiovisual con temática paranormal que más tarde se convirtió en una historia contada cientos de veces por los pasillos de la institución. Para su programa de televisión llamado Aquellarre, decidieron entrevistar al Papa Negro, un cura de la ciudad que maneja temas satánicos. Él los acogió en su oscura guarida “con energía pesada”, según Manuel. También se quedaron una noche en la universidad, pero lo más tenebroso no había empezado.

Fueron hasta La Cuchilla del Salado a jugar a la tabla ouija en un cementerio. Se adentraron en el camposanto profanado iluminados por unas antorchas que sostenían junto a sus equipos de grabación y sus miedos. Las tumbas dejaban ver los huesos desnudos de sus ocupantes y las sonrisas de estos que terminaron por causar más malestar a aquellos estudiantes que entraron en estado de pánico y decidieron devolverse. El equipo se redujo a siete personas: cuatro jugadores, dos personas que grabaron toda la odisea y Manuel, el director.

Acomodaron la tabla en el suelo, se sentaron alrededor de ella y con sus manos en la madera dieron inicio al juego. La tensión los rodeaba y sus manos se posaron en el puntero triangular que se movió solo para responder sus preguntas. Todos los jugadores dicen jurar por Dios que no movieron el objeto. Sin anormalidades dieron por terminado el juego y la grabación, volvieron a sus casas y al día siguiente se encontraron para editar el material. Al revisarlo se dieron cuenta que faltaban tomas de apoyo y decidieron regresar al cementerio.

Esta vez solo cuatro personas acudieron al lugar y, para su mala fortuna, esta vez nada estaba de su lado. La vereda estaba sin iluminación y el cielo llovió sin piedad sobre ellos. Descendieron mientras grababan y protegieron sus equipos del agua, cuando repentinamente se comenzaron a escuchar cuervos, episodio extraño ya que no había árboles en los que se ubicaran y no se veían volando. Manuel dice que son brujas que reencarnan en estas aves, él temía por su vida.

Al revisar el material por segunda vez, vieron claramente que en una toma en la que Manuel bajaba por el cementerio una clase de espíritu agarró la capota de su suéter, se la acomodó en la cabeza y después la volvió a bajar lentamente en un momento en el que no había señales de viento. Después de presentar su trabajo, un compañero de su semestre, que se encontraba en otro equipo de trabajo, inició el montaje del programa y un televisor explotó. Luego, uno de los computadores en los que estaban editando también explotó y salió la palabra Aquellarre en la pantalla. También dijeron sentir una energía que golpeaba con fuerza la mesa en la que se ubicaban, como si saltara hacia ellos.

A una de las muchachas que jugó la ouija en el cementerio la llamaron del colegio de su hija, al parecer estaba sangrando por sus genitales como si la hubieran herido. Recordó que al momento de jugar, ella recibió una llamada de su madre que dijo que la niña estaba llorando. Según la hipótesis que ellos manejan, el espíritu entró a través de la señal y atacó a su hija. A raíz de estos acontecimientos, llamaron al cura de la institución, un experto en el tema paranormal. El sacerdote convocó a todos los integrantes de Aquellarre y les realizó un exorcismo y un baño en el estudio de televisión de la universidad.

El cura determinó que el espíritu de un joven llamado Leonardo Hincapié se había quedado con ellos después de jugar porque le agradó el espíritu juvenil que ellos irradiaban. Este muchacho, según el sacerdote, estaba sangrando pues murió en una riña en la Cuchilla del Salado.

ESCRITO POR Erika Pinilla Montes
Amante empedernida de las letras, las notas y las sonrisas. Mis terapias son el cine y la música
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